Para quienes amamos a los perros, hay un momento que todos tememos: el día de decir adiós. Cuando perdí a mi Lola después de 17 años juntas, sentí que el mundo había dejado de respirar. No era solo una mascota: era mi niña, la testigo silenciosa de mi vida, mi compañera creativa. Su ausencia dejó un silencio tan profundo que resonaba en cada rincón de mi casa y de mi corazón.
Quienes compartimos la vida con un perro sabemos que son familia. Nos reciben sin juzgarnos, nos acompañan en cada etapa y nos enseñan lo que significan la lealtad, la ternura y estar presentes. Perderlos no solo nos entristece: nos transforma. Cambia nuestros días, nuestras rutinas e incluso nuestro arte.
Por eso creé una pequeña colección para ayudarte a no olvidar nunca a tu perro. Cada pieza nace del recuerdo: delicada, poética y personal.